Cuando Skinner habla de cómo actuamos sobre el mundo, básicamente nos recuerda que nuestras acciones no solo cambian las cosas, sino que también cambian cómo nosotros mismos actuamos después. Por ejemplo, si yo aprendo que tocar una estufa caliente me quema, mi comportamiento futuro cambia. No es magia: es consecuencia.
Pero claro, no todo lo que hacemos tiene efectos directos. A veces sí: si camino hacia la puerta, me acerco; si agarro un vaso, lo levanto. Son acciones donde causa y efecto están muy cerquita.
Pero muchas otras veces actuamos a través de otras personas. Skinner pone el ejemplo del que tiene sed: en vez de levantarse, simplemente dice “¿Me das un vaso de agua?”. Ese sonido no mueve moléculas de agua ni abre la canilla: lo que hace es mover la conducta de otro. Es decir, mi acción funciona gracias a que alguien más actúa.
Y si lo pensamos, gran parte de nuestra vida funciona así:
– No empujo físicamente al médico para que me cure; hablo.
– No muevo el paquete del mercado a mi casa con la mente; digo mi dirección.
– No obtengo un trabajo por telepatía; escribo un currículum.
Mis palabras no hacen nada por sí mismas. Lo que hacen es activar comportamientos en otros. Skinner insiste en que esto sigue siendo físico, no es algo misterioso, solo que es más complejo que “empujo → se mueve”.
Por eso él propone el concepto de conducta verbal, que no es solo hablar: también es escribir, hacer gestos, lo que sea que dependa de que otra persona reaccione. Él evita “lenguaje” porque suena a reglas gramaticales; evita “habla” porque parece solo vocal. “Conducta verbal” pone el foco en el individuo que actúa.
Claro, esta definición no describe todo lo que hace el oyente, porque el oyente simplemente se comporta como cualquier organismo. Pero sí necesitamos mencionarlo, porque sin oyentes entrenados, lo que decimos no tendría ninguna consecuencia. Es como intentar pagar en un país con una moneda que nadie reconoce: el comportamiento no tiene valor.
Skinner llama a esto un episodio verbal, que es como una pequeña danza entre hablante y oyente. No aparece ninguna magia social por encima de las personas; solo es comportamiento entrelazado.
Y lo interesante es que, según Skinner, hoy tenemos (bueno, “hoy” de su época, pero también hoy nuestro) herramientas más precisas para entender este tipo de comportamiento. Mucho se descubrió con animales, pero muchas de esas leyes funcionan igual en humanos: reforzamiento, extinción, discriminación, motivación… todo eso opera igual cuando queremos pedir pizza o cuando un pájaro aprende a picar una palanca.
El objetivo final de entender la conducta verbal, según él, no es solo describirla con palabras bonitas, sino llegar a predecirla y producirla. Que un maestro pueda enseñar vocabulario efectivo, que un terapeuta pueda ayudar a alguien a expresar lo reprimido, que un escritor pueda inducir ideas propias manipulando su entorno de trabajo.
Formulaciones Tradicionales
Cuando uno se mete en el estudio de la conducta verbal, no llega a un terreno vacío. Al contrario: ya hay un montón de sistemas, palabras técnicas y tradiciones que intentan explicar qué es “hablar” y cómo funciona. Desde la retórica clásica hasta la lingüística moderna, pasando por la gramática, la lógica, la semiótica, la literatura, la patología del lenguaje… todos tienen su lista de conceptos y su forma de explicar lo verbal.
Pero —y esto es lo que yo, interpretando a Skinner, diría— ninguno de esos enfoques se centra realmente en la conducta del hablante individual, ni ofrece métodos experimentales para estudiarla. Por ejemplo:
– La lingüística estudia la estructura de las palabras, cómo suenan, cómo cambian con el tiempo, cómo difieren entre culturas… pero no suele decir por qué una persona dice lo que dice en un momento concreto.
– La lógica y la matemática analizan cómo el lenguaje afecta al pensamiento, pero solo desde una perspectiva formal, no causal.
– La retórica describió figuras, estilos, recursos… pero no llegó a formar una ciencia del comportamiento verbal.
– Y la crítica literaria, bueno… a menudo se queda en interpretaciones subjetivas, aunque use vocabulario técnico.
Es como si cada disciplina describiera piezas del rompecabezas, pero ninguna se preocupara por el mecanismo que produce la conducta verbal.
Por eso surgió la semántica, la “ciencia del significado”, como intento de dar una explicación general a lo verbal. Pero, según Skinner —y aquí coincido al leerlo— tampoco logró convertirse en una verdadera ciencia del comportamiento. Al final, cada corriente de semántica se quedó atrapada en sus propios intereses: algunos más filosóficos, otros más lógicos, otros más terapéuticos (“los problemas del mundo son problemas de lenguaje”), otros más sociales (“la semántica ayuda a entender la propaganda”). Pero una teoría causal del hablar… nada.
Y claro, eso deja la responsabilidad a la psicología. Al final, hablar es conducta, y entenderla debería ser tarea de una ciencia del comportamiento. En teoría, sería un objeto de estudio perfecto:
– el habla es observable;
– hay muchísimo material;
– la gente suele estar de acuerdo en lo que alguien dijo;
– y hasta tenemos escritura, que es casi un registro listo para investigar.
Entonces, ¿qué ha fallado? ¿Por qué no existe todavía una ciencia de la conducta verbal?
Skinner dice —y yo lo explicaría así— que hemos heredado ficciones explicativas que frenaron el avance. Una de las más fuertes es la idea de que para explicar una conducta debemos apelar a algo que ocurre “dentro del organismo”. En el caso del lenguaje, eso se convirtió en la famosa idea de que hablamos “para expresar ideas”.
Y aquí es donde la explicación tradicional hace agua. Cuando decimos cosas como:
– “Dijo eso porque tenía la idea en la cabeza.”
– “Su comentario es confuso porque su idea no estaba clara.”
– “No habla porque no sabe qué decir.”
– “Su expresión es original porque tiene ideas nuevas.”
…parece que estamos explicando algo, pero en realidad solo estamos dando un nombre elegante al fenómeno. Es decir: la conducta verbal sigue siendo la única fuente de datos. No vemos las ideas; no las medimos; no podemos independizarlas del habla. Decir que alguien “tiene una idea oscura” no explica el comentario confuso, solo repite el hecho con otra palabra.
Skinner señala incluso que cuando tratamos de hacer esto científico, recurrimos a “imágenes mentales”: lo que uno “ve en su mente” al tener la idea. Pero eso tampoco sirve para la mayoría de conceptos. ¿Qué imagen tiene uno de “átomo”, “menos uno”, “el espíritu de la época”? No hay una correspondencia clara.
Es decir, lo que llamamos “ideas” o “significados” a menudo son ficciones útiles para conversar, pero muy pobres para construir una ciencia.
Luego vino la palabra “significado”, y más recientemente “información”, pero cumplen el mismo papel ficticio. Nos dan la ilusión de que explicamos, pero no nos acercan a las relaciones funcionales entre el comportamiento verbal y las variables que lo controlan.
Un problema particularmente grave es cuando tratamos las palabras como si fueran herramientas que uno “usa”. Como si dijéramos que una persona “usa la palabra agua” del mismo modo que “usa un martillo”. Pero las palabras no existen como herramientas físicas; son productos del comportamiento. El sonido “agua” no es una acción independiente: es parte de la acción de pedir agua. Confundir la conducta con su rastro (sonidos, letras, señales) es un peligro constante.
Luego está el intento de dar existencia independiente a los significados. Suena bonito: un mundo de significados, correspondencias entre palabras y cosas, diccionarios como mapas. Pero cuando uno lo analiza, no funciona del todo:
– ¿Qué es exactamente el significado de “gato”? ¿Un gato real? ¿El conjunto de todos los gatos? ¿Un concepto mental?
– ¿Qué es la “proposición” de una frase como “Va a llover”? ¿Dónde está, qué es?
En cuanto uno intenta poner estas cosas en términos científicos claros, empiezan los problemas.
A veces se intenta corregir esto apuntando al “intento del hablante”, o a “connotaciones”, o a “emociones del significado”, pero eso solo añade más capas de psicología mal definida. Es como remendar un saco que ya tiene demasiados agujeros.
Por eso, aunque aclarar significados —en la conversación cotidiana— tiene su utilidad práctica, no sirve como explicación científica de lo verbal. Parafrasear no es explicar.
La conclusión, dicha en simple, sería así:
Si queremos una ciencia del comportamiento verbal, tenemos que abandonar la idea tradicional de que hablar es “expresar significados” o “transmitir ideas”. Hay que reemplazar eso con una explicación funcional, basada en relaciones observables entre ambiente, historia y conducta.
Una nueva formulación
Cuando Skinner plantea una “nueva formulación” del estudio de la conducta verbal, básicamente dice que, si queremos entender el lenguaje de manera científica, tenemos que empezar por lo más simple: describir qué hace realmente la gente cuando habla. Es decir, antes de intentar explicar por qué alguien dice algo, hay que saber qué forma tiene esa conducta. Como si uno dijera: “Primero veo el mapa, después analizo los caminos”.
Una vez descrita esa “topografía” —las formas que adoptan nuestros actos verbales— entonces sí se puede pasar a lo siguiente: explicar qué variables controlan esa conducta, qué condiciones hacen que aparezca, cambie, se fortalezca o desaparezca.
Por ejemplo, si yo digo “¡Ayuda!”, no basta con describir el grito. También tengo que ver qué lo produjo: ¿dolor? ¿peligro? ¿aprendizaje previo de que pedir ayuda funciona? Esa es la parte funcional. Y además, debo mirar qué hace el oyente: ¿me ayuda? ¿me ignora? ¿llama a alguien? Eso completa el episodio verbal: la interacción entre quien habla y quien escucha.
Pero aquí no termina el problema. Una vez que una persona ya tiene un repertorio verbal —es decir, ya sabe hablar— empiezan a aparecer fenómenos complejos:
– una frase puede tener varias causas a la vez;
– distintas variables se combinan;
– y el hablante empieza a mezclar pedacitos de conductas viejas para producir formas nuevas.
Por ejemplo: estoy tratando de explicar algo difícil y mezclo palabras que no suelo juntar. No lo hago porque “tengo una idea nueva” latiendo en la cabeza, sino porque distintos estímulos y reforzadores combinados me llevan a producir una forma novedosa. Y eso tendrá efectos en el oyente, que también habrá que analizar.
Otro punto importante es que el hablante es también un oyente de sí mismo. Y eso tiene consecuencias enormes. Cuando hablo, me escucho, y al escucharme modifico lo que digo. Es lo que hacemos cuando nos corregimos a mitad de frase:
– “Lo que quiero decir es… no, espera, mejor dicho…”
Aquí estoy actuando como mi propio oyente, ajustando mi conducta verbal en el momento.
Esta mezcla —hablar y escucharse a uno mismo— es parte de lo que tradicionalmente se llama pensar. Cuando pienso, manipulo mis propias conductas verbales: las reviso, rechazo algunas, modifico otras, espero a que aparezca una respuesta más fuerte. Como cuando uno dice:
– “Mmm… no encuentro la palabra adecuada…”
y después de un silencio:
– “¡Ah! ya sé: paradoja”.
Ese proceso no es mágico; es conducta gobernada por variables, igual que cualquier otra conducta.
El hábil escritor, por ejemplo, sabe “tirar del hilo” de respuestas débiles para que aparezcan ideas nuevas; sabe qué condiciones ambientales manipular para que le surjan frases o conceptos. Lo mismo hace un científico al buscar explicaciones, o un poeta cuando “espera que llegue la frase justa”. No es inspiración divina: es comportamiento verbal reforzado en ciertos contextos.
Skinner dice que su libro analiza precisamente estas interacciones:
– primero describe la forma del comportamiento verbal;
– después sus variables funcionales;
– luego cómo se manejan estas conductas al componer un texto;
– y finalmente cómo funciona esa especie de “edición interna” que solemos llamar pensamiento.
Y recalca algo importante: no estamos estudiando un tipo especial de conducta. No hay una propiedad misteriosa que haga único al lenguaje. Las herramientas que usa provienen del análisis experimental del comportamiento humano en general. Lo verbal es una extensión más de esa ciencia.
También advierte que no va a usar estadísticas ni grandes experimentos grupales: su análisis se centra en el individuo, y en hechos que cualquier persona educada puede verificar por sí misma. No hace falta medir cuánto habla una población entera para entender cómo funciona un episodio verbal.
Eso sí: aunque su análisis no es “cuantitativo”, tampoco es una teoría ficticia; no recurre a ideas, significados o procesos misteriosos. Trata con condiciones observables y manipulables. Y, como siempre en Skinner, la meta final es clara: poder predecir y controlar la conducta verbal.