Cuando hablamos de conducta verbal —dice Skinner, y así lo entiendo yo— tenemos que empezar por lo más obvio: lo que realmente vemos que hace la gente. Antes de hablar de “significados”, “ideas” o “intenciones”, lo que tenemos delante es un cuerpo moviéndose: músculos que producen sonidos, manos que trazan letras, dedos que hacen gestos. Eso es lo observable, lo medible, lo que una ciencia puede tomar como punto de partida.
Y aquí viene algo curioso: aunque muchos lingüistas y filósofos aceptan que el lenguaje está hecho de estas acciones físicas, suelen añadir inmediatamente algún ingrediente mental para completar la explicación. Por ejemplo, Jespersen decía que una palabra es un hábito humano… pero luego añadía que es un hábito que produce una idea en otra persona. Russell decía que “perro” es una clase de movimiento… pero agregaba que lo que lo distingue es su “significado”. En ambos casos, después de describir la conducta, meten por la ventana un proceso misterioso para “explicar” lo que hacen los músculos.
Según Skinner —y yo lo leería así— ese añadido no es necesario. Y, si somos honestos, suele confundir.
Si vemos a alguien levantar el brazo, algunos dirán:
– “Eso significa que está saludando.”
Pero eso es solo una inferencia. El movimiento del brazo es lo observable; el “significado” depende de las condiciones que lo rodean: si lo hace al ver a un amigo, si está pidiendo un taxi, o si simplemente se estira. El gesto no “contiene” el significado dentro de sí: el significado está en las variables que lo controlan.
Skinner insiste en que esto es especialmente importante en el lenguaje verbal, porque ahí la palabra “significado” tiene un estatus casi sagrado. Pero, técnicamente, el significado no es una propiedad del comportamiento, sino de las condiciones bajo las cuales ese comportamiento aparece. Es decir:
– el “significado” no está en la palabra,
– está en las contingencias que hacen que alguien diga esa palabra.
Por eso, si alguien dice “Puedo ver lo que significa tu gesto”, lo que realmente está diciendo es “puedo inferir qué variables suelen producir ese gesto”.
Después pasa a la definición clave:
Conducta verbal es conducta reforzada a través de la mediación de otras personas.
Y aquí añade algo que me parece muy liberador: no importa el medio. Cualquier movimiento que afecte a otro puede ser verbal. Normalmente pensamos en el habla, porque es lo más común y porque, además, no mueve objetos físicos; por eso casi siempre es comportamiento social puro. Pero también es conducta verbal:
– escribir,
– hacer señas,
– tocarle el brazo a alguien para llamar su atención,
– tocar un timbre,
– aplaudir para que venga un camarero,
– mover el índice para indicar silencio,
– incluso usar símbolos, flores, colores, vestimenta ceremonial.
Un músico tocando un bugle para dar una orden militar está teniendo conducta verbal. Un operador de telégrafo enviando puntos y rayas está teniendo conducta verbal. Una persona señalando una palabra en un libro también.
Y algo que me gusta remarcar: toda señalización es verbal, porque solo es efectiva si cambia la conducta de alguien más. Señalar un objeto no mueve el objeto; mueve al observador.
Skinner matiza que algunas formas se desarrollan después del habla (como escribir), pero no necesariamente: uno podría aprender lenguaje de señas desde el inicio sin pasar primero por lo vocal.
Incluso los lenguajes ceremoniales —usar cierto color, llevar un anillo, usar flores para comunicar algo— son verbales, aunque sean limitados y sin sintaxis.
Como el habla es la forma más frecuente, Skinner la usa como ejemplo principal. Pero aclara que todo lo que diga sobre la conducta verbal vocal puede aplicarse, cuando haga falta, a estas otras formas.
Conducta Vocal
Cuando hablamos de conducta verbal vocal, lo primero que conviene recordar —y aquí lo digo con mis palabras— es que estamos tratando con un tipo de acción corporal tremendamente compleja. Hablar involucra músculos del diafragma, cuerdas vocales, lengua, labios, mandíbula, paladar… Un verdadero concierto fisiológico. Si pudiéramos registrar todos los movimientos musculares de una sola frase, tendríamos un mapa lleno de cifras, líneas eléctricas y movimientos coordinados. Pero, claro, nadie ha hecho un registro así, y probablemente no lo necesitaremos nunca.
Afortunadamente, podemos dejar de lado esa complejidad fisiológica y concentrarnos en lo que la conducta vocal produce en el mundo: sonidos. Esos sonidos —la “corriente acústica”— son un dato mucho más accesible. De hecho, podemos grabarlos, analizarlos en términos de frecuencia e intensidad, convertirlos en espectros. Es cierto que distintas combinaciones musculares pueden producir un sonido similar, de modo que la grabación acústica no es una réplica exacta del comportamiento muscular. Pero para el científico, igual que para el oyente común, lo relevante es lo que se oye. Si un cambio muscular no modifica el sonido, difícilmente tendrá importancia para el estudio de la conducta verbal.
Incluso así, un reporte acústico nos da más datos de los que normalmente necesitamos. Es como mirar una montaña con un microscopio: puedes ver mucho, pero no siempre lo relevante. Por eso, la invención de los alfabetos fonéticos, y más modestamente la escritura alfabética como la nuestra, resolvió el problema de manera práctica. Al transcribir palabras, representamos ciertos aspectos del sonido y dejamos fuera otros, pero lo importante es que la transcripción permite reconstruir una aproximación suficiente a la conducta original. Si alguien escribe “Hola”, el lector puede reproducir un sonido que, para la comunidad verbal, tiene la misma función que el original.
Y aquí aclaro algo que Skinner insiste en subrayar: esta transcripción no compromete nada respecto de la “naturaleza” de esas unidades. Es decir, que escribamos “pop” para el sonido de un globo explotando no significa que el globo esté “hablando inglés”. Y que escribamos “to-whit, to-whoo” para un búho no implica que los búhos utilicen fonemas. Simplemente, la escritura hace posible reproducir sonidos humanos o no humanos sin necesidad de grabaciones.
La lingüística moderna ha convertido el fonema en una unidad importante, pero esa función analítica surge de estudiar comunidades enteras, no individuos. El lingüista se fija en hechos como que en un idioma pin y bin funcionan diferente, mientras que en otro suenan igual para la comunidad. Esto es interesante, claro, pero son problemas de comparación lingüística. Skinner quiere abordar la conducta verbal desde otro ángulo: no desde la historia o las diferencias entre lenguas, sino desde lo que hace un individuo cuando se comporta verbalmente.
Aun así, la transcripción fonética tiene menos información que un análisis acústico completo, pero eso no importa si lo que conserva son las propiedades relevantes para predecir y controlar la conducta verbal. Y aquí viene una distinción crucial: entre instancias de una respuesta y clases de respuestas. Cuando alguien abre una puerta, hay miles de formas de girar el picaporte: con dos dedos, con toda la mano, rápido, lento. Pero si lo que me interesa es saber si abrirá la puerta, esos detalles me dan igual. Abro la puerta es una clase; cada modo específico de hacerlo es una instancia. Con la conducta verbal pasa lo mismo: el sonido preciso de una palabra puede variar, pero mientras funcione del mismo modo para la comunidad, pertenece a la misma clase de respuestas.
Si, hipotéticamente, viviéramos en un mundo sin vocalización y la conducta verbal fuera únicamente escrita, tendríamos que hacer algo parecido: identificaríamos “marcas de escritura” esenciales, distinguiríamos formas que funcionan como la letra “a”, y prescindiríamos de los detalles que no afectan la función. La grafología –ese intento de analizar la personalidad por la letra– es apenas un eco rudimentario de lo que sería una verdadera “fonética de la escritura”.
Ahora bien, cuando hacemos una “cita textual”, estamos usando otra técnica curiosa: reconstruimos la conducta verbal. Si digo: “Juan dijo ‘Es tarde’”, yo no estoy describiendo el comportamiento de Juan, estoy imitando parte de él. La ciencia normalmente no imita lo que describe: un geólogo no explica un terremoto dando saltitos. Pero en la conducta verbal sí ocurre, porque la forma del comportamiento (los sonidos o las palabras) puede ser reproducida por quien lo describe.
Es una especie de anomalía: en ninguna otra ciencia el nombre de algo se parece tanto a la cosa misma. Como dijo Quine, una cita no es una descripción, es un jeroglífico: no dice “Juan emitió un sonido con estas propiedades”, sino que pinta el sonido mismo para que otro lo reconstruya.
Pero aquí hay un detalle importante. Cuando citamos directamente, solemos dividir la conducta en unidades —palabras, frases, oraciones— y esas divisiones no necesariamente existieron como tales en el flujo real del habla. Para poder escribir citas, hemos aprendido miles de palabras, reglas de puntuación y convenciones de separación. Al hacerlo, no solo transcribimos: estamos analizando y clasificando. Y eso implica inferir cosas sobre las condiciones en que se produjo la conducta verbal.
Cuando diferenciamos “to” de “two” o de “too”, por ejemplo, estamos señalando que esas respuestas normalmente ocurren en condiciones distintas o tienen efectos distintos en un oyente. Una transcripción fonética podría registrar el mismo sonido para las tres, pero la cita convencional requiere distinguirlas porque representamos funciones distintas.
Las citas indirectas (“Dijo que iría”) reducen aún más el registro acústico y se centran más en las variables funcionales: no sabemos qué frase exacta se usó, pero sí sabemos qué tipo de situación produjo la respuesta y qué función tenía.
Así, aunque citar palabras tenga su utilidad, Skinner recuerda que la cita no es la conducta propiamente dicha, sino un nombre —a veces muy parecido— de algo que ocurrió bajo condiciones específicas que no necesariamente se repiten cuando el científico la escribe.
Una Unidad de la conducta verbal
Cuando seguimos el recorrido que va desde los movimientos musculares del habla, pasando por la transcripción fonética, hasta llegar a las citas textuales y sus formas abreviadas, notamos que en cada paso perdemos detalles concretos de la conducta original. Esa pérdida, sin embargo, puede aceptarse siempre que conservemos las propiedades que realmente importan para predecir el comportamiento verbal. Y al mismo tiempo que perdemos detalle, empezamos a agregar inferencias: datos sobre las circunstancias en que se emitió la respuesta. Eso es legítimo, siempre que sepamos distinguir, con claridad, entre lo que observamos y lo que inferimos. El problema es que las unidades tradicionales del lenguaje —sobre todo la “palabra”— no hacen esa distinción con precisión.
El término “palabra” se usa con una elasticidad sorprendente. A veces significa simplemente “una emisión vocal”: cuando alguien dice “quiero tener una palabra contigo”. A veces es una división convencional dentro de una frase: lo que en inglés son tres palabras puede ser solo una en alemán. En otros momentos se usa “palabra” como si fuera un objeto casi físico: “buscar la palabra justa”, “hilvanar palabras”. En otro sentido, se dice que una palabra es algo que puede aparecer tanto hablado como escrito, o incluso se habla de “la misma palabra” en dos idiomas distintos, aunque sus sonidos sean completamente diferentes. Y hay casos en que se dice que dos palabras separadas por siglos —como “adamant” y “diamond”— son en esencia “la misma palabra”. Así, la palabra parece un concepto que sirve para casi todo, pero que rara vez está bien definido.
Skinner propone, en cambio, que necesitamos una unidad más rigurosa: un fragmento de conducta con una forma identificable y con una relación funcional demostrable respecto de ciertas variables ambientales. Lo diría así: necesitamos una unidad que tenga tanto forma como función, algo que no se limite a sonar de cierto modo, sino que pueda explicarse por las condiciones en las que aparece.
En el análisis del comportamiento no verbal, esta idea ya está bien desarrollada en laboratorio: se llama operante. Un operante es una clase de conducta definida por la relación entre la acción y sus consecuencias, no por la forma exacta con que ocurre cada vez. Por ejemplo, “fumar un cigarrillo” no es lo mismo que “el cigarrillo que fumé ayer a las 2:10”. Esta última es una instancia concreta; la primera, una clase funcional. Y lo que una ciencia busca son las leyes que gobiernan la clase, no los detalles accidentales de una instancia.
Llevar esto al lenguaje implica que una unidad verbal —un verbal operant— no es simplemente un sonido ni un fragmento escrito, sino una respuesta que aparece bajo control de una variable específica. De este modo, podemos distinguir dos usos completamente distintos de la palabra fast: uno como sinónimo de speedy (“rápido”), y otro como pariente de fixed (“firme”, “que no se mueve”). En las dos formas, el sonido es el mismo, pero las variables que las controlan no lo son.
Aquí aparece una cuestión clásica: ¿qué tan grande es la unidad verbal? Tradicionalmente, debajo de la palabra se menciona la raíz, el prefijo, el sufijo, y más abajo aún los morfemas. En sentido ascendente, tenemos frases, oraciones completas, expresiones hechas, locuciones (“cuando todo está dicho y hecho”, “la verdad toda entera y nada más que la verdad”). Y cualquiera de estos fragmentos podría funcionar como una unidad si su emisión depende de una variable común.
Por ejemplo, “la gran mayoría” podría ser una sola unidad funcional si, en un hablante concreto, emerge bajo el control de las mismas condiciones que generan esa frase completa. Otro ejemplo: una persona puede tener la expresión “cuando ya no queda más remedio” como una totalidad fija, algo que dice siempre en circunstancias precisas, sin descomponerla mentalmente en partes. La unidad verbal, entonces, no está determinada por la gramática cultural sino por el comportamiento real del hablante individual.
La prueba es sencilla: hay frases largas que funcionan como unidades indivisibles, igual que pequeñas sílabas o acentos pueden funcionar como unidades microscópicas cuando están bajo control separado. El tamaño no es lo que decide; lo que decide es la función.
De ahí que Skinner hable de un repertorio verbal y no de un simple “vocabulario”. Un vocabulario suele imaginarse como un almacén de herramientas listas para ser elegidas y usadas. Pero esa metáfora no capta la naturaleza dinámica de la conducta verbal. En un repertorio, lo que importa no es solo que cierta forma aparezca de vez en cuando, sino cuándo, por qué y bajo qué condiciones aparece.
Preguntar “dónde está” un operante cuando nadie está hablando es como preguntar “dónde está el reflejo rotuliano cuando el médico no golpea el tendón”. No está “guardado”; simplemente es una potencialidad controlada por circunstancias específicas.
Así, el repertorio es un conjunto de operantes que aparecen en función de condiciones ambientales y de aprendizaje. El vocabulario, en cambio, es solo una lista de palabras. Y lo que Skinner quiere mostrar con todo esto es que si queremos entender la conducta verbal, tenemos que dejar de pensar en palabras como objetos y empezar a verlas como conductas bajo control de variables.
Probabilidad de la Respuesta
Dentro de un repertorio verbal, no todas las respuestas tienen la misma probabilidad de aparecer. Algunas están “a flor de labios” y otras requieren condiciones muy específicas para emerger. Esta idea —la probabilidad de que un operante ocurra— es fundamental para entender el lenguaje desde una perspectiva científica. Skinner la llama fuerza del operante. No se trata simplemente de observar si alguien dice algo o no; lo importante es qué tan probable es que lo diga en cierto momento.
La fuerza de una respuesta se puede inferir a partir de varias señales. La primera, y la más obvia, es que si una respuesta ocurre, es probable que su fuerza sea alta. Pero esto es más significativo cuando la respuesta aparece en circunstancias poco favorables, donde no sería esperable que surgiera.
Pienso, por ejemplo, en un lapsus. Esos momentos en los que alguien dice una palabra equivocada o mezcla dos frases. Lo interesante de esos errores es que la palabra intrusa generalmente no viene al caso; por eso, cuando se escapa, solemos pensar que estaba especialmente “fuerte” en el repertorio del hablante, quizá por haber sido evocada repetidamente en momentos recientes.
Pero no solo los lapsus revelan fuerza. También lo hace cualquier respuesta que logra aparecer en condiciones poco propicias: cuando la situación es confusa, ruidosa, inesperada o francamente inapropiada.
Skinner menciona dos ejemplos muy cotidianos, que yo traduciría así:
• El científico que sigue hablando de su investigación en medio de un partido emocionante o en un vagón del metro lleno de gente: su repertorio “científico” está claramente fuerte.
• La persona que no deja hablar a nadie, que arrolla la conversación sin importar lo que pase alrededor: también muestra un repertorio muy fuerte de respuestas dominantes.
Lo mismo ocurre con la escritura. Si alguien, en medio del cansancio o la presión, continúa produciendo cierto estilo o cierto tipo de frases casi sin esfuerzo, eso es evidencia de fuerza.
Hay otro fenómeno interesante: cuando detectamos estímulos pobres o incompletos. Si uno cree ver su nombre en un cartel borroso o cree escucharlo en una habitación llena de ruido, eso sugiere que el nombre propio está muy disponible en el repertorio. Es decir, no se necesita mucho para que sea evocado. La respuesta está lista para aparecer aun cuando el estímulo sea débil o dudoso.
En resumen, la fuerza —o probabilidad— de un operante no se mide solo observando su aparición, sino observando dónde y cómo aparece:
si logra emerger en condiciones desfavorables, si se impone sobre otras posibles respuestas, si basta un indicio mínimo para activarla. Esto, para Skinner, es una señal más confiable de su verdadera probabilidad en el repertorio del hablante.
Nivel – Energia
Cuando una respuesta verbal ocurre o no ocurre, eso nos da una medida muy básica de su fuerza: si aparece en condiciones difíciles, asumimos que es fuerte. Pero esta es una medida de “todo o nada”. Ocurrió, o no. Skinner ahora quiere mostrar que esa no es la única señal de fuerza: hay otras, más graduales, que nos permiten ver cómo la probabilidad de una respuesta se refleja en el modo en que se ejecuta.
Una de esas señales es la energía con la que se hace la respuesta. Importa aclarar: energía no es lo mismo que probabilidad, pero las dos suelen ir juntas. Cuando alguien responde con un ¡NO! fuerte, sostenido, prácticamente gritado, no solo observamos intensidad física: también inferimos que ese “no” es un operante muy fuerte en ese momento, difícil de desplazar. Lo contrario ocurre con un no flojo, tímido, casi murmurando: allí inferimos una probabilidad baja, como si las condiciones que normalmente sostendrían ese operante fueran débiles.
Esto se nota incluso dentro de una misma frase. Si alguien dice a RED kite subiendo el volumen o dándole énfasis a RED, interpretamos que el color es lo que más pesa para él en ese momento. Si en cambio dice a red KITE destacando KITE, parece que lo relevante es el objeto. La energía dentro de la frase revela qué variable está empujando la conducta.
En algunos casos, la energía puede cambiar rápidamente. Skinner recuerda un personaje de Dickens que empieza diciendo muy fuerte “Let’s have another bottle!” y termina la frase casi sin voz mientras cae rendido por el alcohol. Ese desvanecimiento súbito muestra cómo cambia la fuerza del operante conforme cambian las condiciones fisiológicas del hablante.
Además de la energía, otros aspectos del habla cambian junto con ella. Cuando la energía es baja, la voz pierde vibración y aparece el susurro: misma respuesta, pero sin voicing. Cuando la energía sube, cambian otras partes de la producción vocal. Por ejemplo, suele subir la altura tonal: cuanto más fuerte hablamos, más aguda se vuelve la voz. Por eso el tono puede tomarse, algunas veces, como señal de fuerza. En los niños es especialmente evidente: un comentario educado, dicho bajito ante adultos, contrasta con los gritos agudos del recreo.
En otras formas de conducta verbal, la variación es más limitada. En la escritura, la fuerza puede verse en cosas como el tamaño de las letras, el peso del trazo, los subrayados. Incluso cuando escribimos en computadora, ciertos recursos tipográficos —como la negrita o el uso de mayúsculas— siguen conservando algo del antiguo vínculo entre energía física y fuerza del operante, aunque ahora se hayan vuelto convenciones.
Así, la energía no es una propiedad aislada del sonido o del gesto; es un indicio del estado de probabilidad de una respuesta: cuánto está “empujando” para salir, qué tan fácilmente superaría a otras posibles respuestas, y qué tan fuerte es el control que las variables ejercen en ese momento.
Velocidad y Repetición
Otra señal que nos permite estimar la fuerza de una conducta verbal es la velocidad. Esto incluye tanto la rapidez con la que se encadenan las partes de una frase como la rapidez con la que alguien responde después de que surge la ocasión para hablar.
En términos simples: cuando una respuesta aparece rápido, solemos interpretarla como fuerte; cuando aparece con duda o demora, la vemos como débil. Una contestación inmediata suele indicar que el hablante está fuertemente inclinado a decir eso. Un retraso, en cambio, sugiere que algo en las condiciones de control no es suficiente, o que hay otras conductas compitiendo.
Por ejemplo, alguien completamente absorto en su libro puede tardar varios segundos en responder cuando lo llaman. No es que no sepa responder; es que su atención está comprometida con otras conductas. En niños pequeños, donde muchas respuestas verbales aún están siendo aprendidas, los retrasos pueden ser mucho mayores: Skinner menciona un niño de trece meses que conocía la palabra light pero que, al ser preguntado “¿Qué es eso?”, tardó un minuto entero en responder. Incluso estaba jugando con un juguete cuando finalmente dijo Light con claridad. Allí la fuerza del operante era baja, pero no inexistente.
En casos patológicos, estas demoras pueden multiplicarse. Una observación de Head muestra a un paciente afásico que, luego de que se le pidió “cuenta”, tardó diez minutos en iniciar: One, two, three….
Nuestra vida cotidiana está llena de ejemplos del mismo tipo. A veces inferimos la fuerza de la conducta de un interlocutor por la rapidez con la que responde a una carta o un mensaje. Y en la escritura a mano, ciertas huellas de velocidad —la fluidez del trazo, la ligereza o urgencia del movimiento— pueden sugerir algo parecido. Incluso los gestos desesperados, rápidos y repetitivos, son versiones no vocales del mismo fenómeno: rapidez como señal de fuerza del operante.
La repetición inmediata de una respuesta es otra señal potente de fuerza. Si en lugar de un solo ¡NO! alguien dice “¡No! ¡No! ¡No!”, estamos ante una respuesta que insiste en salir, una conducta que se impone de manera explosiva. Cuando alguien dice “¡Mil veces no!”, está usando una forma exagerada de esa repetición para transmitir la misma idea: la fuerza del rechazo.
A menudo la fuerza se expresa combinando repetición y energía. Y a veces se puede observar cómo la fuerza decae dentro de la propia repetición: NO! NO! No… no…. La energía inicial va cayendo; el operante pierde fuerza a medida que compite con otras condiciones internas o externas.
Muchas expresiones comunes conservan rastros de esta repetición como señal de intensidad: Come, come, come, Now, now, again and again, round and round, miles and miles. Algunas tienen complicaciones idiomáticas, pero su origen funcional es la misma insistencia en reforzar la respuesta.
La repetición también puede quedar “diluida” entre otras palabras, pero aun así es evidencia de fuerza. Cuando alguien dice:
“No, no es. No, para nada. No es lo que yo pienso”,
vemos cómo la forma no vuelve a aparecer, insistente, mostrando su peso en el repertorio del hablante. Aunque esté mezclada con otras frases, la fuerza del operante no se hace evidente.
Limitaciones en la evidencia de fuerza
Llegados a este punto, es importante reconocer que estos indicadores —energía, velocidad y repetición— pueden engañarnos. A veces coinciden y parecen formar un patrón claro: la persona “locuaz” suele hablar rápido, fuerte y repitiéndose, mientras que el “taciturno” habla despacio, bajito y sin insistencias. Pero esta correlación general no garantiza precisión en casos particulares. En situaciones concretas, cada indicador puede verse afectado por condiciones especiales que distorsionan su valor como señal de fuerza.
Por ejemplo, alguien que tiene una respuesta débil puede tardar en emitirla —justamente por su debilidad—, pero durante esa demora la situación se vuelve incómoda o aversiva (quizá se siente presionado a hablar, o teme parecer ignorante). Cuando finalmente responde, puede hacerlo con energía excesiva. Así, tenemos un retraso propio de un operante débil combinado con una emisión enérgica típica de un operante fuerte. La contradicción aparente exige una explicación más fina.
Hay más complicaciones. En inglés (y en cualquier lengua), los mismos indicadores que usaríamos para medir fuerza forman parte de la estructura formal de distintas respuestas. Por ejemplo, una diferencia en la energía puede servir para distinguir DEsert de deSERT. O el alargamiento de un sonido puede no señalar fuerza, sino simplemente ser la manera estándar de producir cierta forma lingüística. Incluso la repetición puede formar parte de expresiones idiomáticas, sin que indique insistencia real.
La situación se complica aún más cuando ciertos cambios en energía o velocidad se refuerzan socialmente. Hablamos más fuerte a los sordos, más despacio a quien nos cuesta seguir, y repetimos más cuando hay ruido. Si alguien está lejos, elevamos el volumen y el tono; si estamos compitiendo por ser escuchados —como en una clase donde el profesor pide respuestas—, respondemos rápido y fuerte. En todos estos casos, el cambio en energía o velocidad no se debe al operante en sí, sino a variables externas que afectan cómo hablamos.
Por eso, no podemos interpretar fuerza simplemente a partir de un “habla fuerte” o un “habla rápida”. Más bien debemos preguntarnos: ¿es esta respuesta más fuerte de lo que normalmente sería en estas mismas circunstancias? Solo así podemos separar la influencia de las condiciones especiales del verdadero estado del operante.
Aun así, hay algo de consuelo: muchas de estas condiciones especiales no invierten la dirección del indicador, sino que la exageran. Es decir, pueden hacernos pensar que la respuesta es más fuerte de lo que es, pero no suelen hacernos creer que es fuerte cuando en realidad es débil. La distorsión es de grado, no de signo.
Sin embargo, existe otro tipo de complicación, esta vez proveniente del propio oyente o de la comunidad verbal. Los oyentes tienden a corregir los extremos: si un niño grita, se le pide que baje la voz; si murmura, que hable más alto; si tarda, que se apure; si atropella las palabras, que hable con calma; si se repite, que evite hacerlo. Todo esto empuja a la conducta verbal hacia un promedio culturalmente aceptable. Como resultado, los indicadores naturales de fuerza quedan parcialmente disfrazados por la presión social.
Pero nunca del todo. A pesar de estas correcciones, seguimos siendo bastante buenos para inferir cuánto pesa una respuesta en el repertorio del hablante según su energía, su velocidad y su repetición. La corrección cultural suaviza los extremos, pero no los elimina.
Y a veces ocurre lo contrario: producimos deliberadamente señales de fuerza aunque no haya un operante fuerte detrás. El caso típico es la lectura en voz alta: el texto, por sí mismo, no fortalece unas palabras más que otras, pero si leemos sin variaciones de tono o energía, la lectura resulta plana e inefectiva. Por eso el lector modula la voz —cambia el tono, sube la energía, acelera o retrasa— para simular la variedad natural del habla espontánea. Esto es lo que llamamos leer con “buena interpretación”. El lector está fabricando indicadores de fuerza para sugerir al oyente qué variables habrían controlado esa conducta si no fuera una lectura mecánica.
Lo mismo ocurre en la vida social. Si alguien nos muestra una obra de arte que aprecia profundamente, y nosotros exclamamos “¡Hermoso!”, no solo decimos la palabra: la decimos con cierta rapidez o energía, quizá repitiéndola: “Hermoso, hermoso, ¡simplemente hermoso!”. Aunque no necesariamente sintamos esa emoción con tanta intensidad, sabemos que la cultura reconoce esos indicadores como señales de fuerza, y los usamos para comunicar algo más que la palabra literal.
Todo esto demuestra que, aunque los indicadores de fuerza se mezclen y se distorsionen por razones lingüísticas, sociales o situacionales, sigue siendo posible —y común— detectar la fuerza relativa de un operante a partir de energía, velocidad y repetición. Si estos indicadores hubiesen perdido toda utilidad, no los seguiríamos usando de manera tan espontánea para emitir y para interpretar el comportamiento verbal.
Frecuencia Global
Un tercer tipo de evidencia sobre la fuerza de una respuesta verbal es la frecuencia global con la que aparece en una muestra amplia de conducta. Es decir, cuántas veces, a lo largo de un texto o de una conversación prolongada, una persona emite cierto tipo de respuesta. Por ejemplo, el número de veces que alguien dice I, me, my, mine suele interpretarse como señal de su tendencia a hablar sobre sí mismo, lo que se ha asociado con nociones como “egocentrismo” o “vanidad”. Con este mismo método se ha intentado mostrar cómo los intereses de un escritor cambian con los años: quizá un periodo con más referencias a la muerte, otro con más alusiones al amor, y así sucesivamente.
Este tipo de análisis reconoce una idea central del enfoque funcional: la probabilidad de una respuesta cambia, y esa variación puede reflejarse en la frecuencia total. Sin embargo, estas interpretaciones descansan en supuestos que no siempre son válidos.
Con frecuencia, los recuentos de palabras intentan construir un análisis puramente formal, centrándose sólo en la respuesta misma sin atender a las condiciones en las que se emitió. Pero si nuestra unidad de análisis no es formal sino funcional —como propone Skinner— no podemos asumir que dos instancias de una misma forma lingüística pertenezcan al mismo operante. Tampoco podemos suponer que una alta frecuencia indique necesariamente una fuerte tendencia del hablante. Podría deberse simplemente a que las condiciones controladoras aparecen con mucha frecuencia.
Pensemos en el ejemplo de snow. Su frecuencia aumentará en invierno y disminuirá en verano. Eso no significa que el hablante haya cambiado su inclinación a “hablar de la nieve cuando hay nieve”, sino que lo que cambió fue la presencia de la propia nieve. Lo mismo puede ocurrir con palabras como I, me, my: su frecuencia puede variar según el tipo de oyente al que va dirigida la conducta verbal. Si no sabemos si ese oyente está presente, o si cambió entre una muestra y otra, la frecuencia por sí sola no puede informar sobre un cambio real en la fuerza del operante.
Es decir, una palabra puede aparecer más veces, no porque el hablante tenga un impulso más fuerte hacia ese tema, sino porque el entorno la solicitó más.
Por todo esto, aunque las frecuencias globales son datos útiles y a menudo interesantes, se alejan del objetivo central de este análisis: el comportamiento del hablante individual en una ocasión específica. Estos recuentos encajan mejor en los intereses de la lingüística tradicional, que estudia los patrones de uso en comunidades enteras. Sin embargo, cuando se interpretan con cuidado, pueden ayudarnos a inferir ciertos procesos característicos en un hablante en particular.
Variables Independientes y Procesos Relacionados
En el análisis funcional del comportamiento verbal, el dato fundamental que deseamos predecir y controlar es la probabilidad de que una respuesta de cierta forma ocurra en un momento específico. Esa probabilidad —la fuerza del operante— es nuestro dato dependiente. Para explicarla, debemos mirar hacia las condiciones que la alteran: los independientes, las variables que cambian la probabilidad de respuesta.
Condicionamiento Operante en la conducta verbal
Todo operante —sea verbal o no— adquiere fuerza, y mantiene esa fuerza, cuando sus respuestas son seguidas con frecuencia por lo que llamamos reforzamiento. A este proceso lo conocemos como condicionamiento operante, y es especialmente evidente cuando el repertorio verbal comienza a formarse.
Los padres, por ejemplo, establecen las primeras formas de conducta verbal del niño reforzando cualquier emisión que se acerque a lo que la comunidad considera adecuado. Ahora bien, aunque es cierto que una respuesta debe aparecer al menos una vez antes de poder ser reforzada, eso no significa que todas las complejas formas adultas ya existan en miniatura dentro del niño. No hay una “versión diminuta” de la verbalización adulta esperando salir. Al contrario, esas formas complejas pueden construirse progresivamente.
Skinner ilustra este punto con el famoso experimento de enseñar a una paloma a caminar en forma de “8”. No se espera que la paloma produzca ese patrón completo espontáneamente; sería absurdo aguardar a que aparezca por azar. Lo que se hace, más bien, es reforzar pasos cada vez más cercanos al patrón final. Si el ave no se mueve, se refuerza apenas un pequeño desplazamiento; cuando se mueve más, mejor; luego un giro parcial, después un giro completo. Más tarde, se introduce el giro en la dirección contraria. Con ambos elementos ya disponibles, se espera una secuencia completa: el primer “8”. Bajo las condiciones adecuadas, la conducta final surge pronto.
Este procedimiento —el de aproximaciones sucesivas— refleja cómo los adultos moldean en los niños formas complejas de hablar. Al principio se refuerza cualquier balbuceo que recuerde remotamente a la forma estándar; luego, conforme el niño lo produce más frecuentemente, se exige algo más cercano; y así, paso a paso, se alcanza una forma verbal altamente estructurada.
Pero el proceso tiene su reverso. Si por alguna razón las contingencias de reforzamiento se relajan, las formas verbales comienzan a degradarse. La historia del sargento y la orden March! sirve de ejemplo. Al inicio, con una tropa nueva, el comando debe articularse con claridad. Pero conforme la tropa aprende a responder bajo múltiples indicios del entorno, la forma del comando se deteriora: termina siendo apenas una exhalación fuerte con algo de sonido, casi irreconocible. Sin embargo, la tropa sigue respondiendo apropiadamente, porque ha sido condicionada a interpretar ese ruido como la señal correspondiente. El deterioro solo se corrige cuando llega un grupo nuevo que requiere un estímulo más claro.
Una vez adquiridas las conductas, el reforzamiento sigue siendo esencial, pero ahora su función es mantener la fuerza del operante. Qué tanto un hablante utiliza una respuesta depende, en gran parte, de la frecuencia global con la que ese tipo de respuesta ha sido reforzada dentro de su comunidad verbal.
Si el reforzamiento desaparece por completo, la respuesta se debilita gradualmente y puede incluso desaparecer: esto es la extinción.
El reforzamiento es el mecanismo mediante el cual se controla la probabilidad de una clase de respuestas verbales. Si queremos que cierta forma sea altamente probable, reforzamos muchos de sus ejemplos. Si queremos que desaparezca, retiramos el reforzamiento. Por eso, cualquier dato sobre la frecuencia relativa de reforzamiento en una comunidad verbal es valioso: permite anticipar el comportamiento del hablante.
Control de Estimulos
Un niño adquiere conducta verbal cuando sus vocalizaciones —al principio caóticas, sin forma estable— van siendo reforzadas selectivamente hasta adoptar configuraciones que producen consecuencias apropiadas dentro de su comunidad verbal. Este proceso, tal como lo entendemos funcionalmente, no requiere asumir que existe un estímulo previo que “hace decir” al niño cada sonido.
Y esto es importante: a diferencia de la salivación al probar un limón, o del reflejo pupilar ante la luz, no hay un estímulo que provoque directamente que el niño diga b, or, ē, o cualquier otra unidad vocal básica. Las vocalizaciones iniciales no son “provocadas” en el sentido reflejo; simplemente aparecen dentro de la actividad general del niño. Para reforzar alguna de ellas, basta con esperar a que ocurra.
Sin embargo, aunque no haya estímulos que elicit las vocalizaciones en un sentido biológico estricto, los estímulos previos sí son cruciales en el control de la conducta verbal una vez que el repertorio empieza a formarse. Su importancia proviene de una relación muy específica: la contingencia de tres términos.
Skinner la expresa así:
en presencia de cierto estímulo, una respuesta determinada es, de manera característica, seguida por un reforzador determinado.
Esto no es una propiedad del niño, sino del ambiente. Cuando esta relación se mantiene, el organismo no solo aprende la respuesta que conduce al reforzamiento, sino que aprende a emitir esa respuesta precisamente cuando está presente ese estímulo previo.
Aquí aparece el proceso de discriminación de estímulos, ampliamente estudiado en la conducta no verbal. Es el mecanismo que hace que el organismo responda de una manera bajo ciertas condiciones y de otra manera bajo otras. En el caso del comportamiento verbal, será clave para entender por qué decimos ciertas cosas ante ciertos objetos, situaciones o eventos, y no ante otros.
Motivación y Emoción
Cuando reforzamos una respuesta —por ejemplo, cuando damos un caramelo al niño que dice Candy!— estamos aumentando su probabilidad de ocurrencia. Pero una vez que la respuesta ha sido fortalecida, no seguimos controlándola mediante más reforzamiento inmediato. Lo que realmente controla la aparición futura de esa respuesta es otra cosa: las condiciones motivacionales.
Si el niño está saciado de caramelos, es poco probable que diga Candy! aunque el repertorio esté bien establecido. En cambio, si tiene hambre o deseo de dulce, la probabilidad aumenta. Por lo tanto, lo que altera el comportamiento no es el reforzamiento en sí, sino la presencia o ausencia de aquello que le da valor al reforzador. Deprivar o saciar es lo que inclina la balanza.
Esto vale tanto para respuestas verbales como no verbales. Sea que alguien abra una puerta con la mano o que grite Out! para que otro la abra, lo que controla la probabilidad de esa conducta es la necesidad de acceder al otro lado, una necesidad moldeada por la historia de reforzamiento. Si queremos que alguien cruce una habitación, colocamos al otro lado algo que funcione como reforzador. Y si queremos que no la cruce, retiramos ese reforzador o lo colocamos junto a él.
Cuando una conducta se adquiere, pasa a formar parte de un grupo funcional: un conjunto de respuestas distintas pero que varían todas según la misma condición motivacional. En el caso del agua, una persona puede beber de un vaso, abrir una llave, usar una jarra, o pedir agua diciendo Water!; todas estas respuestas pertenecen al mismo grupo porque han sido reforzadas con agua. Cuando privamos de agua —haciendo que sude, coma sal, haga ejercicio o aumente la temperatura— todas esas conductas aumentan de probabilidad al mismo tiempo. Si, por el contrario, hacemos que beba en exceso, todas disminuyen.
En el lenguaje cotidiano decimos que estas operaciones “crean” o “calman” un estado de sed. Pero desde un análisis funcional, ese estado no es una causa interna independiente; es simplemente una forma de resumir las operaciones que alteran la probabilidad de las conductas relacionadas con el agua. No necesitamos recurrir a una “fuerza interna” llamada sed; nos basta describir las condiciones que aumentan o disminuyen la probabilidad del operante.
Sin embargo, el análisis puede complicarse. Supongamos que la persona no sólo bebe agua, sino que también la ha usado para apagar incendios. En ese caso, debemos preguntar:
¿la respuesta verbal Water! —adquirida bajo reforzamiento con agua para beber— aparecerá también cuando el cesto de papeles se incendie?
La respuesta no puede darse sin examinar qué tienen en común ambas situaciones. Si Water! ha sido reforzada, por ejemplo, con la estimulación visual del agua previa a beberla, y esa misma estimulación controla la conducta de extinguir un fuego, entonces Water! podría aparecer en ambos contextos, aun si la respuesta verbal fue adquirida solo bajo privación de agua para consumo.
Esto nos muestra que, en vez de hablar estrictamente de “sed”, sería más adecuado hablar de un necesidad más amplia de agua, que abarcaría todas las conductas en las que el agua funciona como estímulo relevante. Para definir realmente esa “necesidad”, tendríamos que examinar todos los comportamientos en los que el agua cumple una función esencial.
En términos funcionales, podemos decir:
Aumentamos la fuerza de cualquier operante reforzado con agua —incluido el operante verbal Water!— cuando incrementamos la fuerza de cualquier conducta que “requiera agua para su ejecución”.
Control aversivo
Hay otros tipos de consecuencias que también modifican la fuerza de una respuesta verbal. Una de ellas aparece cuando la conducta es reforzada no porque obtenga algo agradable, sino porque reduce algo desagradable.
Cuando la conducta reduce directamente un estímulo aversivo, hablamos de escape.
Si yo digo “¡Para ya!” y eso hace que cese un golpe, el acto de hablar ha sido reforzado por escape: la conducta me permitió salir del castigo.
Pero hay otra versión más sutil: la evitación.
Aquí la conducta no detiene un estímulo aversivo que ya está presente, sino que impide que ocurra algo que normalmente precede al castigo. Por ejemplo, si alguien dice “¡No me toques!” y eso detiene una amenaza, un gesto o una señal que en el pasado acabó en golpes, entonces esa frase ha sido reforzada por evitación. No hay golpe, pero sí la posibilidad aprendida de que venga.
Cuando un hablante tiene una historia así —una historia en la cual ciertas palabras le han permitido escapar o evitar lo aversivo—, controlar su conducta verbal se vuelve sorprendentemente fácil.
Si alguien grita “¡Para ya!” cuando se le pellizca, pues basta con pellizcarlo para evocar esa respuesta.
Y si dice “¡No me toques!” cuando lo amenazan, basta con mostrar el amago, levantar la mano o tensar el gesto.
Es decir: generas las condiciones aversivas → aparece la conducta verbal que en el pasado lo protegió.
Si quisiéramos hacer una descripción completa de cómo la motivación y la emoción influyen en las palabras de un individuo, tendríamos que recorrer una cantidad enorme de variables adicionales. Pero la mayor parte de esos procesos no son exclusivos del lenguaje; están presentes en casi todo tipo de conducta.
El oyente y el episodio verbal completo
Nuestra definición de conducta verbal se aplica solo al hablante, pero aun así no podemos dejar fuera al oyente. Durante siglos se ha asumido que hablar y escuchar eran dos partes del mismo proceso interno: que el oyente “recibía” las mismas ideas que el hablante tenía en mente, o que la comunicación era correcta solo si ambos compartían “el mismo significado”. Las teorías tradicionales de significado han tratado la conducta del hablante y del oyente como si fueran generadas por un mismo mecanismo mental.
Pero si observamos la conducta tal como ocurre —sin recurrir a ficciones internas—, descubrimos algo distinto:
gran parte de lo que hace el oyente no se parece en absoluto a lo que hace el hablante, y por eso no es conducta verbal según nuestra definición.
Sin embargo, el oyente (o el lector) sí reacciona a estímulos verbales: esos sonidos o marcas escritos que son el producto final de la conducta del hablante. Y es natural preguntarse qué ocurre con esos estímulos una vez emitidos.
Por un lado, los estímulos verbales pueden provocar cambios viscerales: reacciones emocionales, cambios en la respiración, tensión muscular. Son ejemplos clásicos de reflejos condicionados.
Por otro lado, pueden guiar conductas más complejas, aquellas con las que operamos sobre el mundo: seguir una instrucción, detenerse ante una advertencia, buscar un objeto cuando alguien lo nombra. En todo esto, las palabras funcionan simplemente como estímulos, no como entidades con propiedades misteriosas. La conducta del oyente no se distingue de cualquier otra forma de conducta en cuanto a sus principios.
Pero el interés en el oyente no termina ahí. No basta con preguntarse qué efecto producen los estímulos verbales en él.
Para dar una explicación completa de un episodio verbal necesitamos demostrar que la conducta del oyente realmente aporta las condiciones que usamos para explicar la conducta del hablante.
En otras palabras:
- Para explicar al hablante, suponemos que hay un oyente que refuerza ciertas respuestas.
- Para explicar al oyente, suponemos que hay un hablante cuyo comportamiento está relacionado con las condiciones ambientales.
Las conductas de ambos deben encajar entre sí como piezas de un mecanismo bien acoplado.
Cuando logramos mostrar cómo se sostienen mutuamente —cómo las respuestas del hablante dependen del oyente, y cómo las del oyente dependen del hablante— entonces el episodio verbal queda completamente explicado.